Unas bolsas del supermercado en la mano izquierda, arrastrando el carrito de la compra con la otra mano, su andar cansino describe un vaivén fruto de los esfuerzos con los que a lo largo de la vida ha mantenido a una familia hoy dispersa y escasa. El pelo gris y desgreñado ajeno a las artes del tocado, encorvada, una chaqueta de punto desabrochada, color gris, bamboleando al ritmo de sus pasos, la falda en un confuso estampado marrón oscuro más larga en su lado izquierdo, hecho que le acentúa esa extraña forma de caminar, unas medias con más de un zurcido le cubren, con alguna arruga, las flacas piernas, calza zapatos negros de paño, un bolso raído de piel sintética en bandolera.

Es media mañana, en la acera un hombre que por su posado en aquellas horas sugeriría una situación de desempleo y un par de jubilados que deben volver de dar su paseo matutino.

La mirada fija resbalando por encima de las baldosas que va pisando, sin prestar ningún tipo de atención al tráfico de coches de la calle, Teresa se dirige al número 560 de la calle. El portal con esas cristaleras de aluminio y los cristales gravados que, a la vez de impedir ver el interior, acumulan el polvo de tanto tiempo de no ver trapo alguno. En un ademán casi mecánico, apoya el carrito de la compra en la pared mientras busca las dos llaves, que atadas en una especie de cadenita, abren las dos puertas que la separan de sus cuarenta y seis metros cuadrados de vivienda.

Subirá hasta su tercer piso arrastrando el carrito que, como cada mañana, marcará en una parsimoniosa percusión los treinta y tantos peldaños. Abrir la puerta de su casa y sin espacio alguno de separación la estancia que es a su vez comedor, cocina, zona de estar, cuarto de plancha y mirador, a la derecha una puerta entreabierta deja ver el baño con un descascarillado plato de ducha y a la izquierda el dormitorio, otrora compartido con su esposo.

En el rincón derecho del comedor se amontonan cuantos objetos considera de valor y no tiene donde colocarlos. Hoy, del fondo de su preciado carrito saca un viejo aparato reproductor de videos que se sumará al botín con el que un día cree podrá salir de sus penurias.

Como si de un acto sacralizado se tratara, con todo cuidado, va sacando cuando trae en las bolsas: un paquete de arroz, una lechuga, una bolsa transparente con cuatro patatas, un bote de leche, dos manzanas y una barra de pan. Con sumo cuidado va depositando cada una de las cosas encima de la mesa, mirando concienzudamente la forma en que las deposita no sea que vayan a menospreciarse. Acto seguido, y con tanta dedicación, dará el destino final a la compra del día, sea en el frigorífico ya sin bombilla en su interior, sea en la alacena que tiene junto a la mesa.

- Aún me quedan siete euros.

Tras esta observación que ha dibujado un leve arqueo de satisfacción en sus labios, se sentará para dedicarse a su quehacer cotidiano: observar, sin ver, tras los cristales de su ventanal.