El paseo por la calle que orillea el río le sirve, a menudo, de ejercicio en el que su mente vaga de igual manera que las aguas. El relativo silencio que se respira por la mañana, en aquella parte de la ciudad, es el mejor aliado para que los pensamientos fluyan con la ligereza por la que su avidez desarrolla en discurrir todo lo que tiene en su interior.

Viste con aquella falda azul marino que deja justo descubiertas sus lindas rodillas, una delicada blusa blanca que con el leve movimiento del aire le marca su figura aún bien contorneada y la rebeca azul celeste que le refuerza ese tono algo tostado de su rostro. Su forma de caminar, sobre el paseo que va dibujando el curso del río, es educado; esa forma de andar para que su figura vaya deslizándose sin resultar acentuadas las formas de su cuerpo ni el ladeo de sus caderas. Adviertes sus orígenes de persona nacida en el seno de una familia burguesa y buenas costumbres ya en la forma de su caminar.

Como acostumbra hacer, su recorrido, a la vuelta de la visita diaria a su amadísima madre, sigue un guión predefinido en el que ocupa buena parte de la mañana: pasará a ver a Rosa en su tienda, tenga o no necesidad de comprarle algo, pero no dejará de entrar y saludarla, reclamarle aquellos buenos días, aquella acogida que le hace revivir los tiempos pasados. Se parará enfrente del escaparate de la librería y, fácilmente, entrará a ojear las últimas novedades, recorrerá con su mirada las estanterías que a diario revisa recordando tantas obras leídas pero que en aquellos estantes tienen un poder de seducción cual virgen callada, sus dedos no podrán evitar tomar alguna de aquellas obras y tenerla entre sus manos, oler el fresco aroma del papel antes de ser manoseado. Subirá por la calle principal no ajena a los escaparates, todo lo que ya conoce y tiene inventariado para cuando tenga apetencia de engrosar su fondo de armario y, después de haber saludado a tantas personas con las que se habrá cruzado, llegará a la cancela de su casa. La visión del jardín a través de los barrotes de hierro es la primera cosa que le anclará en su día a día, en su vivir única y estrictamente para los demás y al servicio de los demás.

Cruzar el parterre, subir los cuatro peldaños, abrir la puerta acristalada y como un acto reflejo teclear los dígitos que desactivan la alarma de aquellas paredes que la aprisionan horas y horas.

En el armario de la pared izquierda del vestíbulo dejará su rebeca y cambiará sus zapatos con el pequeño tacón por las zapatillas. El olor a limpio por el paso matutino de los productos de limpieza que usa Caterina es todo el recibimiento que encuentra, a excepción hecha de Arti, ese gran y entrañable amigo que es su caniche, quien recibe los mejores besos como las más amargas lágrimas. De forma casi mecánica bajará las cortinas del salón para evitar que un exceso de sol caliente la estancia, tomará un vaso de agua fresca y conectará su portátil.

Inicio, programas, messenger y la ventanita con los amigos que están en aquel momento conectados emerge en la parte inferior izquierda de la pantalla. De pronto el sonido familiar de alguien que inicia una conversación con ella le hace observar y leer que se trata de un chico que a diario busca su compañía; mira aquel recuadro y espera, él insiste –¿estàs?.

Casi sin verla sigue mirando la ventana donde le están reclamando la atención, su mente en blanco, indecisa permanece sin hacer caso a la llamada de su interlocutor. De nuevo –veo que estás conectada, dime algo.

Levanta los ojos y revisa todo lo que ve a su alrededor, todo aquel entorno que forma el lugar donde su vida está transcurriendo lentamente, repasa en su memoria lo que significa cada uno de los objetos que decoran el salón, como una exhalación cientos de situaciones recorren su mente, momentos en los que desde la espontaneidad de su carácter ella protagonizó viajes, fiestas y encuentros que hoy, en la quietud de su vida doméstica, le parecen muy lejanos. Por tercera vez -¿tienes ganas de charlar conmigo?.

Esta vez, su mirada se centra en el espacio destinado a la respuesta del chat y, despacio, depositando los dedos con toda parsimonia, teclea: -ni idea.