Dichoso junio, esas fechas en las que tras pelearte con formularios y facturas, gastos e ingresos, apretones de cinturテウn. Al final, un mediodテュa con tu asesor acaba en estampar la firma en aquel odioso impreso que te sumirテ。 en una inmensa pesadumbre de tener que liquidar los impuestos para sentirte mejor frente a la sociedad, o quizテ。s mテ。s estテコpido que los defraudadores.

Hacテュa calor, la humedad mediterrテnea calaba en mis huesos y con la chaqueta bajo el brazo, asiendo la cartera de mano, me despedテュ de mi distinguido hacedor en lo que a pagar impuestos se refiere. Ni menos me acuerdo de lo que en mi mente pudiera pasar en aquellos momentos, que no fuera la inmensa rabia frente a lo que estaba pagando a las arcas de un Estado del que no me siento compensado.

De pie y esperando en el paso de peatones a que la luz roja cambiara para darme el permiso a cruzar sin que ningテコn coche se me llevara por delante, una presencia inesperada rompiテウ aquellos instantes agrestes en los que sテウlo nテコmeros y operaciones aritmテゥticas se adueテアaban de mテュ.

- "Disculpe si me acerco demasiado, es para aprovechar la sombra de los テ。rboles". Una voz dulce, con un acento delicado y sumamente singular, la forma de excusarse con suma educaciテウn. Aquellos lindos ojos que daban vida a un rostro dibujado cual tela de Modigliani, la sonrisa clara y transparente de una joven mujer, era la propietaria de tan escasas pero determinantes palabras.

Sテコbitamente me sentテュ desposeido de todo aquello que me habテュa ocupado horas de sueテアo, de pronto me pareciテウ verme ataviado con una ligera prenda de lino blanco, pantalテウn casual, descalzo. Sentarme a su lado, atender sus preguntas, escuchar su ir y devenir, descubrir cuanta dificultad puede suponer una sociedad hostil a una persona de origen distinto poder desarrollar su actividad y vivir dignamente.

Aquel cafテゥ, sentados en la terraza justo en la acera de enfrente, donde un simple semテ。foro en rojo, se convirtiテウ en una deliciosa manera de entrar, con el mayor respeto en el pesar de alguien a quien la sociedad parecテュa rechazar. El telテウn de fondo, una necesidad aテアadida de un bilingテシismo que, a veces, resulta inevitablemente impuesto para sobrevivir.

Aquella voz, aquella ansia de dignidad, aquella humilde demanda de un trabajo justo para el que, allende los mares se habテュan cursado aテアos de estudio y aprendizaje, han quedado marcados en el recuerdo de una de tantas bocacalles que son testigo de miles de personas llegadas de fuera y luchando a sudor partido por un sueldo bテ。sico.