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por clarivident @ 2007-10-25 - 17:16:46

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No creo en el destino

por clarivident @ 2007-10-17 - 16:40:40

Unas bolsas del supermercado en la mano izquierda, arrastrando el carrito de la compra con la otra mano, su andar cansino describe un vaivén fruto de los esfuerzos con los que a lo largo de la vida ha mantenido a una familia hoy dispersa y escasa. El pelo gris y desgreñado ajeno a las artes del tocado, encorvada, una chaqueta de punto desabrochada, color gris, bamboleando al ritmo de sus pasos, la falda en un confuso estampado marrón oscuro más larga en su lado izquierdo, hecho que le acentúa esa extraña forma de caminar, unas medias con más de un zurcido le cubren, con alguna arruga, las flacas piernas, calza zapatos negros de paño, un bolso raído de piel sintética en bandolera.

Es media mañana, en la acera un hombre que por su posado en aquellas horas sugeriría una situación de desempleo y un par de jubilados que deben volver de dar su paseo matutino.

La mirada fija resbalando por encima de las baldosas que va pisando, sin prestar ningún tipo de atención al tráfico de coches de la calle, Teresa se dirige al número 560 de la calle. El portal con esas cristaleras de aluminio y los cristales gravados que, a la vez de impedir ver el interior, acumulan el polvo de tanto tiempo de no ver trapo alguno. En un ademán casi mecánico, apoya el carrito de la compra en la pared mientras busca las dos llaves, que atadas en una especie de cadenita, abren las dos puertas que la separan de sus cuarenta y seis metros cuadrados de vivienda.

Subirá hasta su tercer piso arrastrando el carrito que, como cada mañana, marcará en una parsimoniosa percusión los treinta y tantos peldaños. Abrir la puerta de su casa y sin espacio alguno de separación la estancia que es a su vez comedor, cocina, zona de estar, cuarto de plancha y mirador, a la derecha una puerta entreabierta deja ver el baño con un descascarillado plato de ducha y a la izquierda el dormitorio, otrora compartido con su esposo.

En el rincón derecho del comedor se amontonan cuantos objetos considera de valor y no tiene donde colocarlos. Hoy, del fondo de su preciado carrito saca un viejo aparato reproductor de videos que se sumará al botín con el que un día cree podrá salir de sus penurias.

Como si de un acto sacralizado se tratara, con todo cuidado, va sacando cuando trae en las bolsas: un paquete de arroz, una lechuga, una bolsa transparente con cuatro patatas, un bote de leche, dos manzanas y una barra de pan. Con sumo cuidado va depositando cada una de las cosas encima de la mesa, mirando concienzudamente la forma en que las deposita no sea que vayan a menospreciarse. Acto seguido, y con tanta dedicación, dará el destino final a la compra del día, sea en el frigorífico ya sin bombilla en su interior, sea en la alacena que tiene junto a la mesa.

- Aún me quedan siete euros.

Tras esta observación que ha dibujado un leve arqueo de satisfacción en sus labios, se sentará para dedicarse a su quehacer cotidiano: observar, sin ver, tras los cristales de su ventanal.

NI IDEA.

por clarivident @ 2007-07-13 - 11:56:59

El paseo por la calle que orillea el río le sirve, a menudo, de ejercicio en el que su mente vaga de igual manera que las aguas. El relativo silencio que se respira por la mañana, en aquella parte de la ciudad, es el mejor aliado para que los pensamientos fluyan con la ligereza por la que su avidez desarrolla en discurrir todo lo que tiene en su interior.

Viste con aquella falda azul marino que deja justo descubiertas sus lindas rodillas, una delicada blusa blanca que con el leve movimiento del aire le marca su figura aún bien contorneada y la rebeca azul celeste que le refuerza ese tono algo tostado de su rostro. Su forma de caminar, sobre el paseo que va dibujando el curso del río, es educado; esa forma de andar para que su figura vaya deslizándose sin resultar acentuadas las formas de su cuerpo ni el ladeo de sus caderas. Adviertes sus orígenes de persona nacida en el seno de una familia burguesa y buenas costumbres ya en la forma de su caminar.

Como acostumbra hacer, su recorrido, a la vuelta de la visita diaria a su amadísima madre, sigue un guión predefinido en el que ocupa buena parte de la mañana: pasará a ver a Rosa en su tienda, tenga o no necesidad de comprarle algo, pero no dejará de entrar y saludarla, reclamarle aquellos buenos días, aquella acogida que le hace revivir los tiempos pasados. Se parará enfrente del escaparate de la librería y, fácilmente, entrará a ojear las últimas novedades, recorrerá con su mirada las estanterías que a diario revisa recordando tantas obras leídas pero que en aquellos estantes tienen un poder de seducción cual virgen callada, sus dedos no podrán evitar tomar alguna de aquellas obras y tenerla entre sus manos, oler el fresco aroma del papel antes de ser manoseado. Subirá por la calle principal no ajena a los escaparates, todo lo que ya conoce y tiene inventariado para cuando tenga apetencia de engrosar su fondo de armario y, después de haber saludado a tantas personas con las que se habrá cruzado, llegará a la cancela de su casa. La visión del jardín a través de los barrotes de hierro es la primera cosa que le anclará en su día a día, en su vivir única y estrictamente para los demás y al servicio de los demás.

Cruzar el parterre, subir los cuatro peldaños, abrir la puerta acristalada y como un acto reflejo teclear los dígitos que desactivan la alarma de aquellas paredes que la aprisionan horas y horas.

En el armario de la pared izquierda del vestíbulo dejará su rebeca y cambiará sus zapatos con el pequeño tacón por las zapatillas. El olor a limpio por el paso matutino de los productos de limpieza que usa Caterina es todo el recibimiento que encuentra, a excepción hecha de Arti, ese gran y entrañable amigo que es su caniche, quien recibe los mejores besos como las más amargas lágrimas. De forma casi mecánica bajará las cortinas del salón para evitar que un exceso de sol caliente la estancia, tomará un vaso de agua fresca y conectará su portátil.

Inicio, programas, messenger y la ventanita con los amigos que están en aquel momento conectados emerge en la parte inferior izquierda de la pantalla. De pronto el sonido familiar de alguien que inicia una conversación con ella le hace observar y leer que se trata de un chico que a diario busca su compañía; mira aquel recuadro y espera, él insiste –¿estàs?.

Casi sin verla sigue mirando la ventana donde le están reclamando la atención, su mente en blanco, indecisa permanece sin hacer caso a la llamada de su interlocutor. De nuevo –veo que estás conectada, dime algo.

Levanta los ojos y revisa todo lo que ve a su alrededor, todo aquel entorno que forma el lugar donde su vida está transcurriendo lentamente, repasa en su memoria lo que significa cada uno de los objetos que decoran el salón, como una exhalación cientos de situaciones recorren su mente, momentos en los que desde la espontaneidad de su carácter ella protagonizó viajes, fiestas y encuentros que hoy, en la quietud de su vida doméstica, le parecen muy lejanos. Por tercera vez -¿tienes ganas de charlar conmigo?.

Esta vez, su mirada se centra en el espacio destinado a la respuesta del chat y, despacio, depositando los dedos con toda parsimonia, teclea: -ni idea.

EL SEMÁFORO.

por clarivident @ 2007-07-05 - 15:47:58

Dichoso junio, esas fechas en las que tras pelearte con formularios y facturas, gastos e ingresos, apretones de cinturón. Al final, un mediodía con tu asesor acaba en estampar la firma en aquel odioso impreso que te sumirá en una inmensa pesadumbre de tener que liquidar los impuestos para sentirte mejor frente a la sociedad, o quizás más estúpido que los defraudadores.

Hacía calor, la humedad mediterrànea calaba en mis huesos y con la chaqueta bajo el brazo, asiendo la cartera de mano, me despedí de mi distinguido hacedor en lo que a pagar impuestos se refiere. Ni menos me acuerdo de lo que en mi mente pudiera pasar en aquellos momentos, que no fuera la inmensa rabia frente a lo que estaba pagando a las arcas de un Estado del que no me siento compensado.

De pie y esperando en el paso de peatones a que la luz roja cambiara para darme el permiso a cruzar sin que ningún coche se me llevara por delante, una presencia inesperada rompió aquellos instantes agrestes en los que sólo números y operaciones aritméticas se adueñaban de mí.

- "Disculpe si me acerco demasiado, es para aprovechar la sombra de los árboles". Una voz dulce, con un acento delicado y sumamente singular, la forma de excusarse con suma educación. Aquellos lindos ojos que daban vida a un rostro dibujado cual tela de Modigliani, la sonrisa clara y transparente de una joven mujer, era la propietaria de tan escasas pero determinantes palabras.

Súbitamente me sentí desposeido de todo aquello que me había ocupado horas de sueño, de pronto me pareció verme ataviado con una ligera prenda de lino blanco, pantalón casual, descalzo. Sentarme a su lado, atender sus preguntas, escuchar su ir y devenir, descubrir cuanta dificultad puede suponer una sociedad hostil a una persona de origen distinto poder desarrollar su actividad y vivir dignamente.

Aquel café, sentados en la terraza justo en la acera de enfrente, donde un simple semáforo en rojo, se convirtió en una deliciosa manera de entrar, con el mayor respeto en el pesar de alguien a quien la sociedad parecía rechazar. El telón de fondo, una necesidad añadida de un bilingüismo que, a veces, resulta inevitablemente impuesto para sobrevivir.

Aquella voz, aquella ansia de dignidad, aquella humilde demanda de un trabajo justo para el que, allende los mares se habían cursado años de estudio y aprendizaje, han quedado marcados en el recuerdo de una de tantas bocacalles que son testigo de miles de personas llegadas de fuera y luchando a sudor partido por un sueldo básico.

LA CALMA TRAS LA TEMPESTAD.

por clarivident @ 2006-07-31 - 13:49:38

Restos de hojas troceadas sobre las calles mojadas, de todos los lugares gotea una fresca agua que ha renovado el ambiente, el aire tiene aquella punzada agradable que invita a tomar una ropa de abrigo sobre la camiseta, las cosas han cambiado de color, ha vuelto el color limpio y transparente que apenas recordábamos,

los regueros que corren al margen del bordillo susurran algo ininteligible pero agradable a la vez, el sol melancólico se cuela por entre unas nubes que han señoreado por el firmamento dominando a su placer con la fuerza ya de tiempo contenida, de forma casi imperceptible se puede adivinar el piar de algún gorrión que en su canto removerá su plumaje para despojarse del agua que ha soportado. Sin ningún tipo de precipitación vuelve el mundo a su estado, más claro, más nítido, con una nueva transparencia, un brillo que casi no recordábamos, colores renovados, olor a mojado y una humedad que resulta sumamente confortable.

Un perro cruza la calle, con la cabeza abajada, parsimonioso, como si buscara donde poder tumbarse tras el aguacero.

Escrutar con la mirada el entorno, plácido, quieto, silencioso, concreto, descubrir el cambio en lo de siempre, lo nuevo en aquello que hace tanto tiempo conocemos y ver desperezarse cada uno de los objetos que observamos. Una a una, diciplinadamente, van abriéndose las ventanas, las casas van llenándose de esta paz con que las lágrimas de lluvia han rociado nuestras vidas.

Con las manos aún asidas a ambas hojas del ventanal aspiro profundamente y dejo que este nuevo mundo invada mi interior, cierro los ojos y escucho callado.

Bendita tormenta!

LA LAMPARA.

por clarivident @ 2006-06-06 - 12:29:14

Hace de esto bastantes años. Una tarde como por azar apareció una lámpara de aceite en casa, era bellísima, sus formas redondeadas, de un material dorado, se apreciaba muy fuerte en su delicadeza. Prenderla fue poco más que acercar una pequeña llama de cerilla y alumbró el entorno con una luz especial.

Con el tiempo me fui acostumbrando a llegar a casa y descubrir sus luces y sombras, todo parecía impregnado de aquel color especial, mi entorno fue tomando el tono de aquella llama brillante, clara, esbelta, tintineante a veces, firme al final. Reponer el aceite de vez en cuando, siempre procurando que fuera de la mejor calidad y dejar que me acompañara en mis haceres y deshaceres.

Fue tal el apego a aquella pieza, que de pronto me di cuenta que a veces dejaba de ver los claroscuros de las cosas al no prender la luz eléctrica o tomar la linterna adecuada.

Nunca olvidaré aquellos meses en que prescindí de la lámpara que tanto tiempo me había acompañado, de la lumbre a la que estaba ya acostumbrado, fue un tiempo en que si bien no podría precisar si mi percepción del entorno fue más adecuado o no que a la luz de su llama, bien es cierto que cambió mi aspecto, llegué a prescindir de aquella sensación de poder que ejercía tan bello artilugio sobre mi persona.

Sea como fuere y sin demasiadas razones que me dieran la razón o me la quitaran, de nuevo busqué un hueco en la cómoda para reubicar la lámpara y la botella de aceite. Recuperé aquellas sombras entrañables que una luz familiar ya llenaba mis estancias.

Así las cosas, los años han ido posándose sobre nosotros, si mi mano ya no es lo firme que era en llenar en su momento justo y en la dosis adecuada del aceite que precisa, aquel metal dorado ha dejado entrever un latón común en la factura del recipiente. De pronto, al entrar a casa, puede ocurrir que la luz tenue que percibo de su llama conduce a mis dedos a prender el interruptor, evitando así las sombras que tanto tiempo me han acompañado y también es cierto que puede pasárseme desapercibido que su llama esté apagada, sea por un aire que no resiste por los años que lleva encendida, sea por falta del aceite que debía procurársele.

Cuantas veces miro la cómoda, como antaño y me pregunto si no sería mejor redecorarla...

Il Ghetto

por clarivident @ 2006-04-20 - 17:16:58

8:30 h. correr las cortinas y ver la calima cotidiana que cubre las islas, aquel filtro que apastela los colores que a media mañana resurgirán en todo su esplendor.

Acabo de volver de comprar unos panini al horno de pan de la plazoleta de al lado, aquel horno que huele tan bien cuando pasamos por enfrente, me traje un poco de gorgonzolla, se que el queso fuerte no te gusta pero estoy convencido que este gorgonzolla te va a encantar, me gusta estar en este tipo de aparthotel, nos da una libertad que no hubiéramos tenido en un hotel, además esta cocinita, este minisalón... no me digas que no es maravilloso.

Tú, con tu sonrisa puesta de buena mañana, sales del baño para recibirme con tus besos que me cierran el ombligo, fresquita, cariñosa, con ganas de salir pronto.

Bajar esta escalinata del siglo XIV, este palazzo que han recuperado, encontrarte en este portalón y el acceso directo al canal por donde debían entrar al volver de La Fenice, con su góndola que dejando el Gran Canal se balancearía por encima de aquellas aguas oscuras y encalmadas, cuanta historia ocultan estas piedras, estas grandes puertas de roble.

- Me gusta el conjunto de vaquero y camiseta que luces, hoy vamos a conocer el barrio judio, es un rincón especial.

Cuando me pasas la mano por la cintura y acercas tu rostro sobre mi pecho, con los ojos que derraman brillo, esta carita de satisfacción y nuestras piernas van avanzando de forma acompasada, me siento la persona más feliz del mundo.

Antes de cerrar el portalón, aquellos dos gatos que -como en toda Venezzia- esperan las bolsas de basura que algún vecino saca a destiempo, se apartan sin tomar demasiado apresuramiento, es su terreno. El tendero de la esquina está todavía poniendo en orden las cajas de fruta que harán la delicia de cuantos turistas pasearán por el callejón, dos señoras vienen con sus carritos, procedentes del super que alguna vez hemos visto al venir de la estación del vaporetto de Arsenale, los rayos del sol, tímidos, van entretejiendo la bruma, levantando los colores dormidos del fresco amanecer.

Seguir por estas calles a esta hora de la mañana sin el ruidoso ajetreo de tanto visitante desinteresado de lo que no sea un souvenir barato, recorrer hasta la parte del Palazzo Ducale cruzando el Campo dil Comendatore, pudiendo descubrir la desnudez de las paredes tratadas por el tiempo sin que las camisetas sudadas de billetes de dollar, oir estrictamente aquel hablar característico de los lugareños, es realmente un placer.

En frente del Palazzo Dúchale, estación San Sacaría, vaporetto hacia Il Ghetto.

Apetece ir dentro del vaporetto a estas horas, el aire es todavía fresco, el Gran Canal, después de Rialto se desvía a la derecha. Los edificios exultantes de un despertar maravilloso, el movimiento de mercadería es lo que marca el ritmo a las aguas del canal.

Esta parte de la isla tiene un encanto especial, nunca me cansaría de correr y recorrer cada uno de los rincones de Venecia, y por mucho que lo hagas siempre descubres nuevos lugares nuevos palacios, iglesias que no conocías, casas con unas ventanas renacentistas, puentes que por su sencillez o su arquitectura recargada te sorprenden, un mundo entero en una superficie reducida entre las aguas del Adriático.

Sólo llegar a la zona de Il Ghetto los restaurantes tienen su carta con caracteres hebraicos, hay tiendas de productos naturales que no habíamos descubierto hasta ahora, y, la gente, con sus vestidos austeros, su pelo moreno y su forma de andar sin prisa, denotan estar en otro lugar, la sinagoga y, como no, el rabino que bajando su mirada, se cruza por delante nuestro como escondiendo sus ojos bajo el ala de su sombrero negro de fieltro. Un mundo dentro de un mundo.

Evenu shalom alehem!

El duende chillón.

por clarivident @ 2006-04-18 - 13:48:23

Clareaba, el verde de las hojas resplandecía debajo del tul de rocío que la noche había depositado con toda elegancia, apenas se escuchaba el piar de los gorriones afanándose en despertar de sus nidos, se olía a tierra mojada, de forma casi imperceptible bailaban las ramas con brotes recientes guiadas por el primer aire del día, y a lo lejos, asomando por entre el pinar, haciéndose espacio entre la espesura, buscando un hueco por donde mostrarse, con los mayores esfuerzos de los que podía hacer gala apareció con gran chillido el duende: El sol.


 
 

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